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lunes, 15 de octubre de 2012

El último beso

“Tenía en sus ojos la mirada ausente y el brillo profundo 
 de la enajenación, a la que sabemos se llega, por el dolor más agudo.
 Su talle se cubría con el lino del color de la pena y sus sienes se tocaban 
 con las tinieblas del alma.
 Sus manos, resecas de los quehaceres diarios de una mujer humilde, 
se agarraban como quien desespera ante su última esperanza al lienzo que 
le servía de mortaja, al hijo que pariera, hacía ya más de treinta años.
 Acariciaba sus cabellos esparcidos por los hombros, recordando aquella sala, luminosa y pulcra, en la que el fruto de sus entrañas, jugueteaba sereno entre el formón y las gubias, sonriendo, sentado en el aserrín del suelo, ajeno 
a su holocausto. 
 Y María, bebiéndose las lágrimas, sintiendo entre sus labios el sabor salitre que da la amargura, le habló recogida y queda, como entonando una nana 
al mismo Dios hecho hombre, que agonizaba en sus brazos”.

(Meditación a modo de réquiem ante Cristo Muerto 2008. Hermandad de los Servitas. Sevilla.)                                                          
                                                                           
                                Irene Gallardo
                                                                               Todos los derechos reservados ©




4 comentarios:

  1. Siempre he dicho que este momento que describes es el más dramático de toda la Pasión de Nuestro Señor. La mirada perdida de María invadida de tremenda soledad mientras el cuerpo inerte de su Hijo yace en sus brazos... No hacen falta más palabras. Saludos cordiales.

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  2. Es un fragmento, de un texto muy intenso que seguro te agradaría. Gracias por seguir el blog, Luis.

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